Mostrando las entradas con la etiqueta Francisco Carruthers. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Francisco Carruthers. Mostrar todas las entradas

19 mar 2010

En búsqueda de la riqueza intelectual


Aunque el objetivo, claro está, es el 2011, la realidad política de nuestro país se reinventa semana a semana sorprendiéndonos sin cesar por los caminos inesperables que va tomando. Este marco nos permite hacer conjeturas sobre el posible futuro del kirchnerismo y el Frente Unido en el Espanto (llámese así a la oposición de derecha y la funcional a ella), y escuchar hablar de dos escenarios posibles según la ideología que tenga el interlocutor: ante la falta de mayoría en ambas cámaras del Poder Legislativo, el Gobierno nacional deberá soportar la cancha marcada hasta el final del match o, un panorama mucho más negro todavía, el conglomerado conservador unificará formaciones para las elecciones presidenciales y liquidará por goleada al equipo de Cristina Fernández. Preocupante es que cualquiera de las dos interpretaciones significan un estancamiento en el avance de los debates trascendentales y necesarios para la sociedad argentina, últimamente tapados por la lucha-libre-vale-todo protagonizada por los Kirchner, el Grupo Clarín y ahora también los jueces, en pos del poder.

Nadie puede asegurar a esta altura del partido que las cartas están echadas en su totalidad. La hegemonía parlamentaria que tuvo el oficialismo en seis años de gestión le permitió abusar de su condición en varias oportunidades, lo que significó el nacimiento de un profundo rencor en el arco antikirchnerista, expresado en su máximo nivel a fines del año pasado cuando se modificó la correlación de fuerzas en las comisiones legislativas como resultado de las elecciones de junio. Ese odio inexplicable fue la fotografía que se vio la semana pasada y posiblemente se repita más de una vez en este año mundialista: un colectivo opositor unido en la venganza y con el único mandato de que el oficialismo muerda el polvo en todo lo que se proponga.

Algunos legisladores, ambiciosamente interesados, hablaron de un pacto profundo y hasta aseguraron contar con el apoyo comprometido, tanto en la Cámara de Diputados como de Senadores, para verter más paladas de tierra a la fosa del olvido en donde quisieran ver enterrado al kirchnerismo. Sin embargo, cuando al fin la "oposición" logró reunir a todos sus caballos de batalla y preparar la troupe para la guerra, emergieron a la superficie nada menos que las diferencias históricas que siempre caracterizaron a los partidos tradicionales, una barrera de hierro que deberán quebrar si aspiran llegar al Ejecutivo y que hoy por hoy parece estar más indestructible que nunca.

Lo cierto es que el clima político muestra signos leves de mejora ya que los bloques compactos que perturbaban -y perturban- el progreso de temas serios en el Congreso se están derrumbando. Así las cosas, oficialismo y oposición podrían encontrarse, antes que después, debatiendo leyes importantes para nuestro país con un nivel de riqueza intelectual mucho mayor al demostrado. Será fundamental en ese momento que nuestros representantes tomen nota de las necesidades del pueblo que los eligió y las involucren en los temas primordiales de la nación, sin importar las individualidades y muchos menos las cuestiones partidarias.

3 ene 2010

El momento indicado para dar vuelta la página


Abel Posse y Diego Guelar, ex diplomáticos de la dictadura que ahora reclaman amnistía.

Las sociedades del siglo XXI presentan lo que se llama la "conciencia colectiva", una especie de sentido común que se construye en base a los distintos discursos de los sectores que la componen y que se enriquece de disertaciones pero también de diatribas sobre hechos que marcaron su pasado. La mención viene al caso porque para que este concepto se desarrolle en plenitud todos los ciudadanos deben poder procesar su historia y comprenderla para no volver a cometer errores.

En los últimos meses del 2009 dos funcionarios macristas, Abel Posse y Diego Guelar, pidieron "saldar el pasado trágico" y una "gran amnistía nacional" para ex represores, sobre los que se cometió "un exceso de justicia". Si bien algún argentino desinteresado por los derechos humanos podría llegar a estar de acuerdo con esta idea, el debate sobre lo sucedido durante la década del 70 en nuestro país debería cerrarse cuando todos los cabos sean atados. De lo contrario, lo que estaríamos haciendo es bloquear un problema sin sanarlo o escondiendo la mugre debajo de la alfombra, por decirlo de una manera más experimental.

No resultó para nada extraño que algunos políticos de derecha comenzaran a enarbolar un discurso de olvido y perdón -discurso implantado por el menemismo con sus indultos a los militares-, pero también es bueno saber qué desempeño tuvieron ellos durante esa época que pretender borrar. Abel Posse, ex ministro de Educación que marcó un record en la Capital (ejerció sólo 12 días su mandato), fue designado en el Consulado de Venecia por la dictadura de Agustín Lanusse y en 1976 consiguió ser confirmado en el cargo; mientras que Diego Guelar, secretario de Relaciones Internacionales del PRO, es -nada más y nada menos que- el hermano de Guido, titular del Banco del Oeste en los años del proceso y partícipe de la bicicleta financiera que defraudó a ahorristas y al Estado impunemente con la "tablita" de Alfredo Martínez de Hoz.

Por ello, cuando una sociedad atraviesa un período traumático, sangriento y desgarrador como lo fue la última dictadura militar vivida en la Argentina, necesita metabolizarlo y buscar la forma de recomponer ese tejido social a través de la justicia y la memoria. Recién ahí se podrá dar vuelta la página y pasar a otro capítulo de la historia. A lo que hay que estar atento es si verdaderamente ese reclamo le pertenece a la sociedad toda o si nos encontramos frente a la iniciativa de un sector minoritario que cree ser la voz del discurso colectivo y le conviene que todo quede atrás. ¿Y todo esto para qué? Para que los argentinos repitamos hasta el cansancio el mensaje del "Nunca Más" a los otros y a nosotros mismos y quede resonando en nuestra "conciencia colectiva".

9 dic 2009

Libres de culpa


"A río revuelto, ganancia de pescadores", dice el refrán de origen popular que alude a los que medran aprovechando el desorden y puede funcionar como una frase sinónimo de lo que sucede hoy en el Congreso de la Nación. Es que a sólo a una semana del recambio legislativo oficial, varios diputados electos sorprendieron a sus votantes y fuerzas aliadas con la decisión de consensuar con los partidos de derecha a cambio de obtener puestos estratégicos en las comisiones de la Cámara baja. Si bien algunos medios de comunicación calificaron este movimiento como una previsible consecuencia del embate kirchnerista, otros hablaron de ingenuidad por parte de la centroizquierda al apoyarse en la oposición más recalcitrante y resignar sus propias convicciones.

Para indignación de muchos y sonrisa de pocos, el jueves pasado todo el arco opositor -incluido el interbloque de once legisladores representantes de los partidos Proyecto Sur, Solidaridad e Igualdad (SI), Libres del Sur (LdS) y Diálogo por Buenos Aires (DpBA)- articuló en conjunto para torcerle la mano al oficialismo y quitarle la iniciativa en la distribución de autoridades parlamentarias. De esta manera se pudo ver por televisión a destacadas figuras sacándose fotos, compartiendo bisbiseos y manifestando la algarabía de quienes creen haberse quitado de encima una pesada carga, como Fernando "Pino" Solanas, Elisa Carrió, Gerardo Morales, Felipe Solá y Francisco De Narváez.

Pero, ¿significó esta alianza cómplice el comienzo del fin del gobierno en gestión? Ha quedado más que demostrada la capacidad del kirchnerismo para recuperarse de traspiés mucho más graves y dolorosos (como el voto no positivo de la Resolución 125 y la derrota en las elecciones del 28 de junio); y, por sobre todas las cosas, se sabe que quienes hoy se hermanan en post de ambiciones de poder mañana no tendrán ni el mínimo punto de contacto en su ideología política. Esto no significa que los diputados Néstor Kirchner y Agustín Rossi y el propio jefe de la Cámara, Eduardo Fellner (Frente para la Victoria -FPV-), no deban prestarle atención a lo sucedido. Las comisiones legislativas permanentes son el primer paso administrativo que debe atravesar un proyecto para luego ser convertido en ley y la oposición selló un acuerdo que dejó al oficialismo en minoría en todas ellas. Además, la vicepresidencia primera quedó en manos del radical Ricardo Alfonsín.

Las reglas del juego ya estaban establecidas y todo el progresismo parecía estar dispuesto a cumplir la función de árbitro entre los dos bandos. Pero la decisión de un sector modificó radicalmente el panorama: originó la segmentación interna del espacio; le dio la posibilidad a la UCR, la CC y el PJ disidente de condicionar al gobierno a cada paso, y ayudó a legitimar la clasificación de la lilita Patricia Bullrich, quién dividió a la composición de cada comisión en dos espacios: el "A" de todo el bloque opositor, y el "B", que denominó "otros", en los que incluyó al oficialismo y los bloques cercanos al kirchnerismo que no aprobaron el pacto opositor. Así las cosas, a partir de la renovación de mañana el primer bando contará con el apoyo de "Pino" Solanas y Claudio Lozano (Proyecto Sur), Eduardo Macaluse y Verónica Benas (SI), Miguel Bonasso (DpBA), Graciela Iturraspe (ATE), Cecilia Merchán y Victoria Donda (LdS), entre otros. Por otro lado, Martín Sabbatella (EDE), Vilma Ibarra (Encuentro Popular y Social), Carlos Heller (Frente Justicialista para la Victoria) y los socialistas Jorge Rivas y Ariel Basteiro fueron quienes entendieron que "cuando se gana con la derecha, gana la derecha" y de ahora en más trabajarán en conjunto libres de culpa.

Queda claro entonces que el Congreso ya se cobró a su primera víctima: la unidad de la centroizquierda. Quizás eso se deba a que la democracia plena, aquella donde prevalecen la coherencia y la autonomía de las ideas para honrar la expresión popular de los comicios, es la gran utopía de nuestros tiempos. Y de más está decir que, a pesar de que hayamos cumplido 26 años bajo esta forma de gobierno, la política local se encuentra a años luz de ese anhelo.